miércoles, 22 de agosto de 2007

El Negrito Zambo

El Negrito Zambo
(Chile)

Había una vez un niño negro al que le de-
cían Negrito Zambo.
Su mamá se Ilamaba Negra Mumbo, y el pa-
pa, Negro Jumbo.
Los dos negros eran muy trabajadores y con
el fruto de su trabajo le hacían lindos regalos a
su hijo.
Un día mamá Mumbo le compró una bonita
chaquetita roja, un par de pantalones azules, un
paraguas verde y unos zapatitos morados.

El Negrito Zambo se vistió con toda esa ropa nueva y
quedó de lo más elegante. ¡Qué orgulloso se sentía!
Terminó rápido sus obligaciones y salió a dar un paseo
por la selva, para que le vieran su nueva ropa.
A poco de andar se encontró con un tigre que le dijo:
—¡Negrito Zambo, te voy a comer!
—¡Ay, no me comas, tigre —le pidió el Negrito Zambo—,
y te daré mi chaquetita roja!
El tigre pensó en lo elegante que se vería con la
chaquetita roja y dijo:
—Bueno, no te comeré si me das tu chaquetita roja.
Se puso el tigre la chaqueta y se fue diciendo muy
orondo:

-iYo soy el tigre mas elegante de la selva! iYo
soy el tigre mas elegante de la selva!
Siguió andando el Negrito Zambo hasta que
se encontró con otro tigre, que le diio:
-iNegrito Zambo, te voy a comer!
-iAy, no me comas, tigre -le pidió el Negrito
Zambo-, y te regalaré mis pantalones azules!
-Bueno -dijo el tigre-, no te comeré si me das
tus pantalones azules.
Entonces el tigre se puso 1os pantalones azu-
les y se fue muy orondo diciendo:
-iYo soy el tigre más elegante de la selva! iYo
soy el tigre más elegante de la selva!
El Negrito Zambo siguió andando hasta que
se encontró con un tercer tigre, que le dijo:
-iNegrito Zambo, te voy a comer!

El Negrito Zambo, que ya sabía lo pretenciosos que
eran los tigres, le pidió:
—¡Ay, no me comas, tigre—, no te comeré si me das tus
zapatitos morados.
Entonces el tigre se puso los zapatitos morados y se
fue muy orondo repitiendo:
—¡Yo soy el tigre más elegante de la selva! ¡Yo soy el
tigre más elegante de la selva!
Siguió andando el Negrito Zambo hasta que se encontró
con un cuarto tigre, que le dijo:
—¡Negrito Zambo, te voy a comer!
—¡Ay, no me comas, tigre, y te regalaré mi paraguitas
verde.

Entonces el tigre no supo dónde ponerse el
paraguas para que le quedara mejor y se lo en-
rolló con un nudo en la punta de la cola. Y así
adornado se fue muy orondo repitiendo:
-iYo soy el tigre más elegante de la selva! iYo
soy el tigre más elegante de la selva!
El Negrito Zambo se quedó muy triste al ver-
se sin su hermosa ropa. Tan triste estaba que se
puso a llorar amargamente.
Pero el Negrito Zambo era animoso, sabía
que no se gana mucho Ilorando. Por ello, al poco
rato se secó las Iágrimas y se puso a pensar qué
podría hacer para recuperar su ropa.
En eso estaba cuando sintió un gran ruido de
gruñidos y discusiones.
Se acercó de puntillas al lugar, se escondió
tras una palmera y pudo ver que a corta distan-
cia y bajo otra palmeras se encontraban discu-
tiendo ardorosamente 1os cuatro tigres.
iCómo discutían!

El Negrita Zambs podía oirlos cómo cada cual
trataba de convencer al otro de que él era
el tigre más elegante de la selva.
-iFijense bien en mí! -decía el de la chaque-
ta roja, contoneándose.
-¿No soy acaso el tigre más elegante? -se
desgañitaba gritando el que tenía el paraguas
amarrado a la cola.
Mientras tanto, el de los
pantalones azules
trataba de demostrar su elegancia al otro, que
se había puesto 1os zapatos en las orejas, para
merecer el título del más elegante de la selva.

Los rugidos fueron subiendo de tono y los ti-
gres estaban más y más enojados, hasta que Ile-
gó el momento en que se enrabiaron tanto que
se pusieron a pelear.
Como la ropa que llevaban puesta no era la
apropiada y les molestaba para pelear con liber-
tad, se la sacaron y la dejaron tirada, y todos en
círculo en torno al tronco de la palmera, agarran-
dole cada uno la cola al que tenía ante sí, comen-
zaron a dar vueltas y vueltas.
Tan ocupados estaban peleando que no se
dieron cuenta de que el Negrito Zambo, viendo
que nadie se interesaba por su ropa, la tomó
tranquilamente y se la puso de nuevo.
iQué feliz iba el Negrito Zambo con su pre-
ciosa ropa nueva! Canturreando se fue a su casa.

Mientras tanto 1os tigres, sin atender más
que a su furia, seguían girando en una vertigi-
nosa rueda en torno a la palmera. Giraban y gi-
raban, y, como hacía mucho calor, porque todo
esto ocurría en un lugar de África, comenzaron
a derretirse.

Tanto giraron y tanto calor hacía, que al poco rato
los cuatro tigres se volvieron manteca.
El Negrito Zambo alcanzó a ver esto y se lo
contó a sus papás. Entonces el papá Jumbo trajo
un gran cántaro y recogió la manteca que había
quedado debajo de la palmera en que pelearon
los tigres.
Mamá Mumbo alistó el fuego y preparó el
batido para los panqueques. Apenas llegó papá
Jumbo con la manteca se puso a hacer los pan-
queques.
iCuántos panqueques hizo! iUn cerro de pan-
queques!
Cuando estuvieron listos, el Negrito Zambo
puso la mesa y junto a papá Jumbo y mamá
Mumbo se sentaron a ella. Todos se sentaron y
se comieron todo.

Mamá Mumbo se comió veintisiete panque-
ques, porque ella los había hecho. Papa Jumbo
se comió cincuenta y cinco panqueques, porque
él había traído la manteca. Pero el Negrito Zam-
bo se comió ciento cuarenta y seis panqueques,
porque, después de tantas aventuras, tenía mu-
cho apetito.